Dios en la era tecnológica
Germán Doig K.

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La tecnología, ¿el nuevo Golem?

Si se sucumbe a la tentación del «seréis como dioses» se querrá actuar como un pequeño dios. Aparecerá entonces la pretensión de "crear", sobre todo vida. De la misma manera como Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, el ser humano -que ha cedido a la tentación del poder de la tecnología- se planteará tarde o temprano la pretensión de "crear" un ser a su imagen y semejanza. No es ésta tampoco una tentación exclusiva de nuestro tiempo tecnologizado. Ya desde antaño se ha hablado de intentos semejantes. Quizás el relato más revelador de la antigüedad que se conoce sea la leyenda judía del llamado Golem.

La leyenda del Golem se remontaría hasta algunos siglos atrás en la historia judía. Se suele poner como su fuente remota el texto Sefer Yerizah, conocido también como el Libro de la creación y que algunos quieren datar por lo menos del siglo IV. Aunque en el Sefer Yerizah no se hable de la "creación" de un antropoide artificial, de ahí se tomarán muchos de los elementos -sobre todo la combinación de letras y números- que pasarán a formar parte de lo que en algunas leyendas eran las técnicas para la "creación" de la vida. Pero será recién hacia el siglo XIII cuando se conozca y se difunda en Europa (1).

Cuenta dicha leyenda que el profeta Jeremías y su hijo consiguieron, mediante la correcta combinación de letras y números, darle vida a una estatua que habían fabricado con barro. Habrían realizado sus combinaciones de acuerdo a una fórmula basados sobre todo en la palabra emeth -verdad-. El producto de su creación fue llamado Golem -que significa en hebreo sustancia embrionaria o incompleta, o masa informe-. En la frente de esta creatura pusieron una inscripción que contenía las letras con las que habían logrado descifrar el secreto de la creación: "Yahveh es la verdad". Pero el Golem consiguió arrancarse una de las letras -la primera del alfabeto, aleph- y la inscripción cambió totalmente de sentido, quedando de la siguiente manera: "Dios está muerto" (2). Jeremías y su hijo preguntaron entonces al Golem por lo que hacía. La respuesta, que resultó reveladora, fue la siguiente: "Si ustedes pueden hacer al hombre, entonces Dios está muerto. Mi vida es la muerte de Dios. Si el hombre tiene todo el poder, Dios no tiene ninguno". El tema central de esta leyenda fue reapareciendo a lo largo del tiempo. En el siglo XVI se difundió una nueva versión teniendo como personaje central al Rabino de Praga, León ben Bezabel, quien habría "creado" este Golem para defender al gheto judío de su ciudad.

Se aprecia en este relato una lección para el tiempo actual, sobre todo en función del inmenso poder de la ciencia y la tecnología. El núcleo de su enseñanza está en la osadía de pretender el dominio total sobre la creación. Con un ser humano "todopoderoso", según estas premisas, Dios simplemente sobraría. Entonces el hombre y su obra se convierten en los nuevos dioses. Muy en la perspectiva de Bacon, su ciencia es poder: puede desarmar el mundo por sí mismo y volverlo a armar a su antojo, con lo que éste queda reducido a un ensamblaje de funciones y mecanismos que él utiliza y cuyos servicios fuerza. Sólo en el hombre y en sus instrumentos hay remedio para los problemas del hombre, pues en el fondo sólo en el hombre está el verdadero poder sobre el mundo. Y si el poder está sólo en el ser humano, ya no hay necesidad de Dios, pues un Dios sin poder simplemente no es Dios. Y si Dios desaparece, entonces, como hace decir Fiodor Dostoyevski a uno de los personajes de Los hermanos Karamasov, «todo es lícito, todo se puede hacer» (3), y «todo está permitido» (4). Sin embargo, como señalaba el Cardenal Henri de Lubac, «no es verdad que el hombre, aunque parezca decirlo algunas veces, no pueda organizar la tierra sin Dios. Lo cierto es que sin Dios no puede, en fin de cuentas, más que organizarla contra el hombre. El humanismo exclusivo es un humanismo inhumano» (5).

La leyenda del Golem ilumina la relación con la tecnología desde dos perspectivas. En primer lugar, el uso del poder y la rebelión contra Dios y el orden natural, como en el mito de Prometeo (6). Lo que está detrás es una confianza ilimitada en la tecnología, hasta el punto de creer que la vida humana misma puede ser producida o "creada" por ella. Entonces el ser humano se cree Dios. Lo segundo es la pérdida de control sobre la obra misma del hombre. En la leyenda el Golem se termina liberando de la sumisión a su "creador" mediante el cambio de las letras. Ése es uno de los graves riesgos de la obra del ser humano: que se escape de sus manos y se vuelva contra él. Hoy en día, con las investigaciones en campos como la genética y la nanotecnología, este peligro ha tomado dimensiones alarmantes.

La pretensión de dar vida a una materia inanimada se remonta muy atrás en la historia. Existen numerosas leyendas y mitos que relatan el intento de los hombres de "crear" un ser humano. Ni siquiera las insalvables dificultades que se han encontrado en los intentos de fabricar un homúnculo o un autómata han sido suficiente argumento para desanimar a los que han querido transitar por este peculiar y peligroso sendero. Ya en los tiempos de los griegos se descubren vestigios de esta pretensión. Homero relata en su Ilíada la historia de Hefesto, dios del fuego y herrero divino, quien fabricó unos pequeños autómatas para que lo ayudasen a caminar y lo asistieran en sus labores.

En esta búsqueda de "crear" vida destacan los alquimistas. Quizá el más conocido sea Paracelso (7), médico, químico y alquimista suizo, quien habría tratado de "crear" lo que llamó un homúnculo. Como se ha dicho, durante el llamado Renacimiento se difundirá el interés por la magia y la alquimia. Más tarde, durante el tiempo de la Ilustración, se ahondará en este tipo de exploraciones, añadiéndose un contenido ideológico que llevará a que adquieran notoriedad las especulaciones sobre los paralelos entre el ser humano y la máquina.

También la literatura ha recogido las fantasías y ocurrencias de esta singular exploración sobre el origen de la vida. Wolfgang Goethe, por ejemplo, la incluye en su libro Fausto (8). Allí se menciona el intento de "crear" un ser humano. En su obra se muestra la rendición del científico-mago, el Dr. Fausto, al poder y al conocimiento. Sin embargo, Goethe no ha sido el único en escribir al respecto. Hay una gran variedad de relatos e historias sobre la figura de este personaje que habría desafiado a Dios y vendido su alma al demonio (9). A partir de estas historias Oswald Spengler calificó al espíritu occidental de la época de la modernidad como de «fáustico» (10).

Sin duda la obra más célebre sobre esta pretensión es Frankenstein o el Prometeo moderno de la escritora inglesa Mary Shelley (11), publicada en 1818 (12). El tema central de la novela es la relación del ser humano con la creación tecnológica y el uso del poder. Se trata ciertamente de una llamada de atención sobre la responsabilidad frente a la obra producida, y el riesgo de que ésta se salga de control y termine volviéndose contra su "creador". En un momento de la novela la creatura le dice a Frankenstein: «Tú eres mi creador, pero yo soy tu amo». La advertencia implícita en la obra de la Shelley -que el producto del hombre se salga de control y se vuelva contra él- se ha repetido conforme ha avanzado el desarrollo tecnológico. La computadora Hal de la película y obra 2001, odisea del espacio de Arthur Clarke (13) pone de manifiesto esta preocupación en términos más en consonancia con estos tiempos.

Asociados a estos intentos de "crear" un ser humano están los llamados autómatas, que más tarde se conocerán como robots. El término robot fue acuñado por el dramaturgo checo Karel Capek (14) en su pieza teatral R.U.R. -siglas de Los robots universales de Rossum-, publicada en 1921. Antiguamente a los robots se les conocía como autómatas (15). Se ha especulado mucho sobre su presencia en la vida cotidiana de los seres humanos del futuro. La ciencia-ficción y la utopía negativa o anti-utopía han imaginado todo tipo de escenarios, desde unas inocentes y torpes máquinas al servicio de actividades domésticas, hasta los robots humanizados que hacen "mejor" las cosas que los hombres. Incluso presentan algunos que han "evolucionado" hasta desarrollar poderes mentales liberándose del yugo humano y, en algunos casos, se han convertido en sus guardianes o tutores, en una suerte de nuevos dioses del Olimpo, como sucede en las novelas del excéntrico escritor Isaac Asimov (16).

Hoy en día ya no se pensaría en un robot de tipo mecánico, sino más bien en un ser producto de las combinaciones genéticas y bio-químicas, quizá fabricado en una probeta a partir de compuestos orgánicos. Un ejemplo son los llamados cyborgs (17). Sea como fuere, las especulaciones -cada vez más frecuentes- sobre el propósito de darle vida a un producto tecnológico -como podría parecer posible a partir de la biotecnología- son en el fondo reflejo del «seréis como dioses» con que la serpiente tentó a Adán y Eva en el relato bíblico del Génesis. La leyenda del Golem es una expresión de esta tentación. De ahí que no resulte extraño que algunos pensadores se hayan planteado un paralelo entre esta leyenda y la tecnología actual. Tal fue el caso de Norbert Wiener, quien afirmó: «La máquina es la contrapartida moderna del Golem del Rabí de Praga» (18). El tema ha venido apareciendo en diversos autores contemporáneos que están reflexionando sobre la tecnología. El italiano Giuseppe O. Longo, por ejemplo, ha puesto como título de un trabajo: El nuevo Golem. Cómo la computadora cambia nuestra cultura (19). Es claro que las perspectivas no siempre son coincidentes. No todos los pensadores que tratan el asunto consideran que la pretensión de "crear" un Golem pueda terminar en una revuelta contra su "creador", el ser humano. Pero si acaso cabe algún paralelo entre la tecnología y el Golem, cabe también la advertencia sobre la posibilidad de que la obra del hombre se escape de su control y se vuelva contra él, con lo que Mary Shelley con su Frankenstein y Arthur Clarke con su 2001, Odisea del espacio deberían convertirse en lectura obligada para los tecno-utópicos de hoy.

Por otro lado, la "creación" que emprende el ser humano es a "su" imagen y semejanza. Esto lo conduce a un fatal y destructivo narcisismo. Sólo se ve a sí mismo; la realidad y la naturaleza deben ser recreadas según su "yo" -llámese esto luego "racionalidad" o lo que sea-. Como señalaba Sergio Cotta, se ha difundido un nuevo mito ligado al desarrollo tecnológico. Este mito «nace del hombre y vuelve al hombre sin solución de continuidad; mete al hombre dentro de un círculo cerrado, narcisista, en el que, como en una galería de espejos, él ve reflejarse desde todos los ángulos su propia imagen, tal vez engrandecida y sublimada, pero siempre solamente la propia imagen» (20). Se trata, como dice, de «una prisión encantada» (21). Y este hombre narcisista, fascinado por su propia obra, parecería que no puede dejar de aspirar a que ésta tenga vida. En cierto sentido ello recuerda el mito de Pigmalión (22). Marshall McLuhan advierte también contra el riesgo del narcisismo, pero opina que eso finalmente es un tipo de idolatría. Comentando el Salmo 115, señala: «El concepto de "ídolo" para el salmista hebreo se parece mucho a aquel de Narciso de los autores de los mitos griegos» (23).

Conclusión

La consideración del peligro de una tecno-idolatría pone en evidencia que el problema de la sociedad actual no debe buscarse primariamente en el desarrollo de la tecnología, sino en el desorden del ser humano que tiene su explicación última en el pecado. Como afirma Augusto del Noce, «pese a las apariencias contrarias, las raíces de la mentalidad tecnológica no están en el desarrollo técnico, sino en una desviación religiosa. Y nunca, a mi juicio, se insistirá bastante sobre el punto del carácter, sobre todo religioso, de la crisis de nuestro siglo» (24). Lo que subyace a la mentalidad tecnologista y a quienes aspiran a crear una utopía tecnológica es un asunto religioso y espiritual. Esta desviación religiosa, como la llama Augusto del Noce, imprime su sello en toda la cultura, puesto que lo más nuclear de una cultura -y lo que le da sustento y fundamento- es la actitud que el ser humano tiene hacia Dios y la manera de relacionarse con Él -ya sea aceptándolo, ya sea rechazándolo-. De este modo la desviación religiosa lo impregna todo, incluyendo la tecnología y la manera como el ser humano se relaciona con ella. Así pues, detrás de los problemas que se han presentando con respecto a la tecnología y la pretensión de imponer la racionalidad tecnológica como paradigma de aproximación a toda la realidad hay una implicancia religiosa -o si se quiere, en sentido propio, a-religiosa-, que lleva a una nueva fe: el secularismo tecnologista. Se trata de una cierta desnaturalización de la fe en Dios y de Dios mismo.

A la pregunta que nos hacíamos de si hay lugar para Dios en la era tecnológica, hemos de responder que sí lo hay. Pero se debe tener cuidado de no sustituirlo con sucedáneos ni sucumbir a la antigua tentación del «seréis como dioses». Esto es muy importante, puesto que si Dios no existe, «todo está permitido». Y si esto llega a tener alguna vigencia en la sociedad, el ser humano quedará totalmente desguarnecido, ya que sin Dios sólo se puede organizar la tierra contra el hombre mismo.

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Notas

1. Ver Moshe Idel, Gólem. Jewish Magical and Mystical Traditions on the Artificial Anthropoid, State University of New York Press, Nueva York 1990. Una de las obras que contribuyó a popularizar esta leyenda fue la del escritor austriaco Gustav Meyrink, titulada precisamente El Golem (Tusquets Editores, Barcelona 1995). Fue escrita en 1915 y se ambienta en el gheto judío de Praga. [Regresar]

2. Otras versiones de la leyenda afirman que el Golem tenía escrita en la frente la palabra emeth -verdad- y que se quitó la primera letra -e-, quedando la palabra transformada en meth -muerte-. [Regresar]

3. Fiodor M. Dostoyevski, Los hermanos Karamasov, Aguilar, Madrid 1960, p. 879. [Regresar]

4. Allí mismo, p. 964. [Regresar]

5. Cardenal Henri de Lubac, El drama del humanismo ateo, Encuentro, Madrid 21990, p. 11. [Regresar]

6. Hay una evidente relación entre la leyenda del Golem y el mito de Prometeo. Como se sabe, según la mitología griega el titán Prometeo fue el creador del primer ser humano. [Regresar]

7. 1493-1541. [Regresar]

8. Ver Wolfgang Goethe, Fausto, Biblioteca EDAF, Madrid 1964, pp. 225-230. [Regresar]

9. Estos relatos están basados en un personaje real de nombre Johannes Faust, que vivió a fines del siglo XV en las comarcas de Alemania, Polonia y Holanda. Fue conocido como un gran embaucador, experto en magia. Su historia fue relatada por primera vez en una obra anónima publicada en Frankfurt en 1587. A partir de entonces diversos literatos y dramaturgos retomarán la figura del Dr. Fausto dando como resultado distintas historias con el mismo motivo de fondo. En Inglaterra, por ejemplo, fue tomada por el poeta y escritor inglés Christopher Marlowe (1564-1593), quien escribió una obra con el título La trágica historia del Doctor Faustus. Marlowe refleja el espíritu renacentista, dándole al Dr. Fausto las características de la exaltación de la razón frente a la fe y a todo límite. Lessing y Müller retomarán la figura. Pero será sobre todo Goethe (1749-1832) quien la inmortalice. Se podría mencionar asimismo la novela del premio nobel de literatura Thomas Mann (1875-1955) que lleva el mismo título: Doctor Faustus. [Regresar]

10. Ver Oswald Spengler, La decadencia de Occidente. Bosquejo de una morfología de la historia universal (1917), Espasa Calpe, Madrid 1958, t. II, pp. 578ss. [Regresar]

11. 1797-1851. [Regresar]

12. La mayoría de las películas hechas a partir de este libro no reflejan fielmente la temática central que se expresa en el subtítulo: el Prometeo moderno. [Regresar]

13. Se trató originalmente de un guión cinematográfico para la película del mismo nombre dirigida por Stanley Kubrick y filmada en 1968. Después Clarke la convirtió en una novela y escribió él mismo otros relatos que desarrollan el argumento: 2010, 2061 y 3001 La odisea final. [Regresar]

14. 1890-1938. [Regresar]

15. Ya en los árabes se sabe de un intento de fabricar un autómata que llamaron la zairjaa y que es descrito como una "máquina pensante". Raymundo Lullio (1235-1315), un terciario franciscano catalán, habría tratado de replicar este intento árabe de mecanización lanzándose a construir una "máquina lógica", como la describe en su Ars magna y que debe ser colocada como el antepasado más remoto conocido de la computadora. [Regresar]

16. Esto se aprecia especialmente en la serie que empezó con I-robot -que incluía varios relatos publicados entre 1941 y 1950-. El dominio final de los robots -unos seres buenos, muy discretos, incluso escasos en número, pero muy eficaces y dueños de un enorme poder- es relatado por Asimov en las novelas en las que une sus dos líneas principales de historias de ciencia ficción: la serie I-robot y el ciclo de Trantor. Al final los robots terminan siendo los que dirigen los hilos de la historia humana porque los hombres son incapaces de hacerlo. Asimov introduce en estas novelas otros temas como el de Gaia y la simbiosis entre el ser humano y la máquina. [Regresar]

17. Los cyborgs vendrían a ser una especie de híbrido entre lo humano y lo artificial -tanto como producto de la biotecnología como de la implantación de elementos de la computadora-. El concepto cyborg fue acuñado por Clynes a partir de las palabras cybernetic y organism. [Regresar]

18. Norbert Wiener, ob. cit., p. 100. [Regresar]

19. Ver Giuseppe O. Longo, Il nuovo Golem. Come il computer cambia la nostra cultura, Laterza, Roma - Bari 1998. [Regresar]

20. Sergio Cotta, El desafío tecnológico, Eudeba, Buenos Aires 1970, p. 102. [Regresar]

21. Lug. cit. [Regresar]

22. Pigmalión era conocido por sus enormes habilidades de artesano, entre las que destacaba su destreza como escultor. Cuenta el mito que esculpió una estatua de una mujer tan hermosa que parecía viva. Pigmalión se enamoró perdidamente de su obra. La diosa Afrodita, conmovida por el amor del escultor, le dio vida a la estatua, la que tomó el nombre de Galatea. George Bernard Shaw escribió una conocida obra de teatro basada en el mito de Pigmalión. Con el nombre de My Fair Lady se hizo muy popular una de las películas basadas en la obra de Shaw. Pero debe decirse que Shaw -y las versiones que hicieron para el cine a partir de su obra- no refleja el mito de manera exacta. [Regresar]

23. Marshall McLuhan, Understanding Media. The Extensions of Man (1964), MIT Press, Cambridge 1994, p. 45. [Regresar]

24. Augusto del Noce, Agonía de la sociedad opulenta, Eunsa, Madrid 1979, p. 152. [Regresar]