Dios en la era tecnológica
Germán Doig K.

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¿Es la tecnología la que genera la tecno-idolatría?

Todo lo dicho conduce a que muchos se planteen una interrogante de fondo: ¿Es la tecnología la que genera esta tecno-idolatría?

Conviene recordar que la idolatría no es algo nuevo en la historia de la humanidad, y que por ello no se puede decir que la mentalidad tecnologista tenga el monopolio al respecto. Desde los lejanos tiempos del becerro de oro (1) hemos visto cómo el ser humano ha fabricado y levantado ídolos de toda clase. En el Antiguo Testamento se descubre a menudo la preocupación por esta tentación. Son claras, por ejemplo, advertencias como la del libro de la Sabiduría que pone a la idolatría como el origen de todos los males (2). En el mismo libro de la Sagrada Escritura se lee que el hombre modela diversas piezas de la arcilla: unas son destinadas a usos nobles, pero de la misma arcilla el alfarero también puede modelar «una vana divinidad» (3). Como dice el texto, «es el alfarero quien decide» (4). La tecnología se convierte en ídolo porque el ser humano -que, como hemos dicho, es teologal por naturaleza-, cuando quiere huir del único Dios verdadero, termina buscando sucedáneos para reemplazarlo. Siempre ha sido así. La historia de la humanidad está llena de ejemplos. Hoy esta proclividad se ha manifestado en un nuevo becerro, el becerro tecnológico. Sin embargo, es bueno precisar que este fenómeno no es algo que sea de suyo inherente al desarrollo tecnológico. Hay que dirigir la mirada al ser humano mismo y buscar en él lo que lo ha llevado a lo largo de los siglos a ponerse de hinojos ante infinidad de ídolos -aunque luego se haya demostrado que no tienen sino pies de barro-.

La tecnología no tiene, pues, cómo generar una idolatría. Puede ser utilizada como instrumento para difundir una mentalidad tecnologista de corte idolátrico, pero no porque ella en sí misma sea de suyo camino para la idolatría. La tecno-idolatría que se está difundiendo hoy en día tiene su origen en el ser humano y en su obrar, y en las creencias y valores que se hacen preponderantes en su cultura.

Viene al caso un pasaje de la Carta a Diogneto que se puede aplicar analógicamente a la tecnología. Se dice allí que el problema no es la ciencia sino la desobediencia. «No es la ciencia la que mata, sino la desobediencia mata. En efecto, no sin misterio está escrito que Dios plantó en el principio el árbol de la vida en medio del paraíso, dándonos a entender la vida por medio de la ciencia; mas, por no haber usado de ella de manera pura los primeros hombres, quedaron desnudos por seducción de la serpiente. Porque no hay vida sin ciencia, ni ciencia segura sin vida verdadera; de ahí que los dos árboles fueron plantados uno cerca del otro» (5). Es la desobediencia a la verdad la que lleva a la distorsión del sentido de la ciencia y de la tecnología. Esa desobediencia o prescindencia de sus contenidos no es fruto de la ciencia en sí -ni de la tecnología-, sino que es obra del ser humano.

Jugando a ser Dios

La tecno-idolatría, sin embargo, no agota el problema que estamos analizando. Detrás de este nuevo tipo de actitud idolátrica se esconde la tentación del «seréis como dioses» (6), se disfraza la pretensión del ser humano de convertirse él mismo en Dios (7). Al fin y al cabo es él quien ha "creado" este poderoso instrumento que es la tecnología. Si ha sido capaz de "crear" esto -piensan algunos-, ¿qué límite puede haber para su acción "creadora"? De esta manera, el enorme poder que la tecnología ha puesto en manos de los hombres lleva a que algunos crean gozar de atributos divinos. Tal es el poder que se obtiene, que el paralelo con la omnipotencia divina les resulta subjetivamente natural, ya que para ellos tanto poder no puede sino identificarse con la acción de Dios o lo que conciban como tal. La fascinación del propio poder lleva a que se rindan culto a sí mismos, se embriaguen y quieran jugar a ser Dios. La ciencia de Dios es reclamada por el ser humano, y con esa ciencia también la omnipotencia divina. Se asume entonces como proyecto "fabricar" una nueva tierra, a imitación de Dios, pero sin Dios, o quizás con un nuevo dios: el hombre. El "querer ser como Dios" es una tentación tan antigua como el ser humano, pero hoy reaparece en una particular modalidad, alentada por el poder que ofrece la tecnología.

Son muchos los que han denunciado estos peligros. Algunos se han detenido especialmente en aquellos que tienen un mayor contacto con la tecnología. Joseph Weizenbaum, por ejemplo, hablaba de este riesgo en 1974 con relación a los programadores de software: «El programador de computadoras... es un creador de universos para los cuales él es el único legislador» (8). Paul Virilio hace algunas anotaciones provocadoras a partir de la realidad virtual: «Es verdad que hay algo divino en esta nueva tecnología. La investigación en el ciberespacio es una búsqueda de Dios. De ser Dios. De estar aquí y allí... Soy cristiano, y aunque sé que estamos hablando de metafísica y no de religión, debo decir que el ciberespacio está actuando como Dios y trabaja con la idea de Dios que es, ve y oye todo» (9).

Cada vez se difunde más esta idea de que se puede "actuar" como Dios, e incluso se les inculca a los niños. Dentro de los juegos de computadora, por ejemplo, sobre todo los elaborados a base de la llamada realidad virtual, existen algunos en los que se puede efectivamente tener el papel de Dios. Tuvo cierta difusión en el mercado el programa Populus II en el que se jugaba literalmente a ser un dios, en este caso un hijo de Zeus. En este juego el mundo se presenta como un escenario donde se puede manipular todo, desde el ambiente natural hasta la vida de las personas. Se siembra así subliminalmente la idea de que la tecnología lo puede todo, y de que el ser humano puede a través de ella acomodar el universo a sus requerimientos y a sus caprichos.

Se podría igualmente mencionar en esta perspectiva otro tipo de "juego" con reminiscencias divinas: la guerra. Un caso ampliamente conocido puede servir de ilustración. El proyecto de desarrollo de la bomba atómica en Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial recibió el nombre de Trinity, en alusión de visos sacrílegos a la Santísima Trinidad. Robert Oppenheimer, quien sugirió el nombre, nunca ocultó las evidentes implicancias divinas de su elección. Según su intencionalidad, ¿qué otro nombre podía escoger ante lo que en aquel entonces parecía el prometeico robo de un nuevo fuego a la divinidad?

En el fondo este jugar a ser Dios manifiesta la rebelión del ser humano contra el Creador. Es algo de lo que expresa el mito de Prometeo, pero el Prometeo tecnológico de nuestros días ya no sólo quiere hurtar el fuego, sino que pretende sustituir a Dios mismo. No le basta el fuego, lo quiere todo. Y una vez sentado en el trono de la divinidad trata de llevar a cabo su plan de "crear" un nuevo orden que sustituya el "deficiente" y "peligroso" orden de la naturaleza. Ya no sólo se rechaza el concepto de creación, sino que tampoco agrada el de naturaleza que difundió la Ilustración. Lo que se quiere es una "nueva creación" donde el creador sea el hombre mismo. Aparece entonces, para quienes se ubican dentro de este tipo de planteamientos, la pretensión de querer impulsar una nueva etapa de la evolución -con el firme convencimiento no sólo de que existe una evolución de tipo darwiniana, sino también de que el ser humano es capaz de dirigir dicha evolución que ahora, como hemos visto, sería una tecno-evolución-. J. Doyne Farmer, uno de los más representativos promotores de las investigaciones sobre vida artificial, afirma: «En el plazo de cincuenta a cien años, es probable que surja una nueva clase de organismos. Estos organismos serán artificiales en el sentido de que serán originalmente diseñados por seres humanos. Sin embargo, se reproducirán y estarán "vivos" bajo una definición razonable de esta palabra». Y llama a esta pretensión «la búsqueda de una nueva creación». A partir de este ejemplo se comprende mejor por qué el progreso tecnológico se convierte en la verdad y el paradigma de todo, puesto que todo está por "crearse" para que el ser humano edifique un universo a la medida de su racionalidad; un universo no humano, más bien en el que lo humano sea trascendido y dejado atrás.

Esta "nueva creación" es la utopía tecnológica. Como toda utopía, es racionalmente perfecta, con la perfección que ofrece la tecnología. En ella el "nuevo hombre" viviría "feliz", como dueño y señor de todo, e incluso como el "creador" de un nuevo tipo de vida. En la utopía tecnológica lo artificial tomará las riendas y se producirá finalmente una simbiosis -tecno-genética- entre el ser humano actual y la máquina. Con el enorme poder de la tecnología -y con lo que se podría alcanzar en el futuro de seguir la tendencia actual- crece la tentación de arrebatar a Dios -o a la naturaleza- tanto la iniciativa creadora como la dirección de la misma. Entonces se resolverían "todos" los problemas de la humanidad, también los de la adaptación del ser humano al medio tecnológico, ya que el hombre se habrá "convertido" en una supermáquina -biológica por cierto-. Se daría el reinado del hombre-máquina. La antigua fantasía de La Mettrie y los delirios de Kevin Kelly se harían realidad. Y si esta insania fuera posible habría que añadir, según la anécdota recogida por Naisbitt, que esta supermáquina sería el nuevo dios, con lo que adquirirían vigencia afirmaciones tan grotescas como la que propone Bruce Sterling: «En otros mil años seremos máquinas, o dioses» (10).

Si se ha llegado a erigir a la tecnología en un ídolo, ¿a quién hay que mirar para preguntar por el sentido de las cosas? ¿Acaso a la tecnología misma? Sabemos que ella no tiene más respuestas que sus procedimientos para conseguir determinadas cosas útiles. Pero ello no parece preocupar a quienes creen que ése es el destino del ser humano: ser como dioses y construir la utopía tecnológica. Por lo menos así lo aparentan quienes sostienen una frase que se ha hecho popular en los ambientes tecno-utópicos: «Estamos jugando a ser Dios y parece que nos va bien...» (11). Incluso ya algunos se aventuran a opinar cómo debe ser la relación entre los nuevos dioses y su creatura. Kevin Kelly, por ejemplo, propone: «El otro asunto que los hombres-cosa deberían saber es que sus modelos tampoco serán perfectos. Ni tampoco estarán estas creaciones imperfectas bajo control divino. Para tener algún éxito en crear una naturaleza creativa, los creadores tienen que entregar el control a lo creado, así como Yahveh les entregó el control a ellos. Para ser un dios, al menos uno creativo, uno debe renunciar al control y acoger la incertidumbre. El control absoluto es absolutamente aburrido. Para dar a luz lo nuevo, lo inusitado, lo realmente novedoso -esto es, para estar genuinamente sorprendido- uno debe rendir la sede del poder a la turba de abajo. La gran ironía de los juegos de dios es que la única manera de ganar es soltando» (12). Al decir de Kelly, los nuevos "creadores" deben dejar que su creatura se libere de su control, deben dejarla seguir su camino fuera y separada de ellos.

Propuestas excéntricas como la de Kelly deben llevar por lo menos a considerar con muy seria responsabilidad las consecuencias de estas acciones. ¿Tiene control real el ser humano sobre las fuerzas que está despertando? No vaya a sucederle como al "aprendiz de brujo", que no fue capaz de controlar lo que había echado a andar con la magia (13). Algo de esto parece asomarse en campos como la biología y particularmente la genética. Por ello hay una fundada preocupación de que en el fondo la humanidad esté empezando a desempeñar el papel de aprendiz ya no de brujo, sino de Dios. Y ése es un asunto muy grave.

En ese contexto, cabe plantear la pregunta que se hacía J. Weizenbaum: «Ahora que nosotros y ya no Dios estamos jugando a los dados con el universo, ¿cómo evitamos convertirnos en excremento o en un juego de dados?» (14). Podría entonces empezar a difundirse la actitud que denunciaba el Arzobispo Charles Chaput: «Ya que vamos a ser dioses, bien podríamos empezar a actuar como tales» (15). A lo que añadía a manera de comentario: «Sugiero que ponderemos cuidadosamente estas palabras... y las consecuencias para todos nosotros si alguna vez se convierten en el credo de nuestra investigación genética y biológica» (16).

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Notas 1. Ver Éx 32,1ss. [Regresar]

2. Ver Sab 14,27. [Regresar]

3. Sab 15,8. [Regresar]

4. Sab 15,7. [Regresar]

5. Carta a Diogneto, XII, 2-7. [Regresar]

6. Gén 3,5. [Regresar]

7. No se trata ciertamente del proceso que sigue el camino de la fe. De lo que se trata es de una vía que el ser humano se plantea como reemplazo de ese otro camino que se origina en el Plan divino, excluyéndolo por oposición o prescindencia. [Regresar]

8. Joseph Weizenbaum, ob. cit., p. 115. [Regresar]

9. Paul Virilio, Cyberwar, God and Television, ob. cit. [Regresar]

10. Bruce Sterling, Swarn, en Cristal Express, p. 15, citado por Mark Dery, ob. cit., p. 292. [Regresar]

11. Se trata de las palabras con las que abría su presentación uno de los primeros grupos que pusieron una computer-communication network en 1978 en la ciudad de San Francisco. [Regresar]

12. Kevin Kelly, ob. cit., p. 257. [Regresar]

13. La expresión "aprendiz de brujo" viene a partir de un poema escrito por Wolfgang Goethe basado en una antigua leyenda. Fue publicado en 1797 con el título Der Zauberlehrling. En 1897 el músico francés Paul Dukas compuso un hermoso scherzo titulado L'Apprenti Sorcier (El aprendiz de brujo) inspirado en este poema. Fue uno de los temas más populares de la película Fantasía de Walt Disney. Es una sugerente figura que se utiliza para expresar el hecho de despertar unas fuerzas que luego no se pueden controlar. [Regresar]

14. «Now that we and no longer God are playing dice with the universe, how do we keep from coming up craps?». Juego de palabras, ya que craps significa en inglés tanto excremento como juego de dados (Joseph Weizenbaum, ob. cit., p. 257). [Regresar]

15. Mons. Charles J. Chaput, O.F.M. Cap., Deus ex Machina: How to Think About Technology, en revista «Crisis», octubre 1998, I. [Regresar]

16. Lug. cit. [Regresar]