Dios en la era tecnológica
Germán Doig K.

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Entre una tecno-espiritualidad y un tecno-paganismo

Esta especie de religión o espiritualidad tecnologista constituye en el fondo una desviación de los anhelos más profundos del hombre que es por naturaleza un ser teologal, abierto desde el fondo de sí a un encuentro con Dios. En medio del clima de relativismo y funcionalismo, en el que la mentalidad tecnologista encuentra el caldo de cultivo ideal para difundirse, no sorprende que aparezcan todo tipo de extravíos en la búsqueda de Dios, enraizada en la naturaleza humana. Si no se da el encuentro con el Dios verdadero, el ser humano parece dispuesto a entretenerse con algún sucedáneo.

Algunos consideran que el desarrollo de la tecnología va a traer un renacimiento religioso a nivel mundial, pero, claro está, sin Dios. Han brotado así diversas expresiones de lo que se podría llamar una tecno-espiritualidad. Se trata de una mezcla ecléctica de elementos espirituales con un poco de esoterismo, gnosticismo, métodos y prácticas de meditación y técnicas de dominio personal, incluso magia, que son vinculados al desarrollo tecnológico, sobre todo al universo de la informática. Se difunde entonces un conjunto de creencias y una pseudo-ética -globales, por supuesto- que no tienen verdades definidas, pero que se sustentan en una paz colectiva en sintonía con una naturaleza imaginaria y bucólica, una suerte de tranquilidad simbiótica con el planeta -como en el nuevo tipo de panteísmo tecnologista de la fantasía de Gaia creada por el inglés James Lovelock (1)-. En el fondo lo que se ofrece -como se ve claramente en el caso del New Age, una de las expresiones de esta tecno-espiritualidad- es un espiritualismo sin trascendencia, en donde la tecnología es presentada como el vehículo de esta nueva etapa de autoconciencia espiritual. Incluso aparece como una espiritualidad que reúne sincréticamente a la ciencia y a la religión y que se inserta en la vida cotidiana de las personas. Por eso quizá tenga algo de razón Mark Dery cuando afirma que «la muerte de Dios simplemente ha abierto el camino para una teología de la tecnología» (2); una "teología" inmanentista y secularizada obviamente, en última instancia una ateo-logía.

Otros sugieren que el nuevo orden mundial que se estaría generando de la mano de la tecnología debe tener como un ingrediente necesario una suerte de nuevo "credo" de tipo "débil", compatible con todo género de creencias. La tecnología jugaría un papel central en esta nueva situación como instancia reguladora de la "nueva humanidad" que se quiere construir. Se trataría de una nueva fe, "libre" de los problemas de las llamadas religiones tradicionales, sin verdad ni credo definidos, con una deontología laica y flexible, y unas creencias religiosas light aceptables para todos. Estamos así ante una secularización de la fe y de toda creencia religiosa en una especie de nueva religión secular, quizá una variante tecno-ilustrada de la espiritualidad de la "diosa razón" de Robespierre, de la religión positiva de Comte o, más recientemente, de la religión civil. Hoy se diría que es una "religión débil". Es algo como lo que denunciaban Vladimir Soloviev en su Breve relato sobre el Anticristo (3) a fines del siglo XIX, o R.H. Benson en su profética novela de utopía negativa publicada en 1908: Señor del mundo (4), es decir una religión secular, de paz y de amor universal, pero sin Dios.

La ambigüedad que se engloba dentro del concepto de lo que hemos llamado tecno-espiritualidad permite que aparezcan otras expresiones en el afán de explicar lo que está sucediendo en esta curiosa mezcla de espiritualidad y tecnología. Tecno-paganismo es otro término que se ha acuñado en el intento de explicar este curioso sincretismo tecno-religioso. No es difícil encontrar diversas páginas web que se presentan como parte de este fenómeno (5). Mark Dery opina que «el tecno-paganismo puede ser simple aunque superficialmente definido como la convergencia del neopaganismo (un término paraguas para un conjunto de religiones contemporáneas naturalistas y politeístas) y del New Age con la tecnología digital y la cultura cibernética marginal» (6). También se utiliza ciber-paganismo y tecno-chamanismo como palabras más o menos sinónimas para nombrar este fenómeno.

En varios de los sites que se reconocen como tecno-paganos se hace alusión a un artículo de Erik Davis publicado en la revista Wired. Para Davis, los tecno-paganos son una expresión nueva de lo que en su momento fueron unos grupos que proponían una vuelta al paganismo pre-cristiano -como por ejemplo de los celtas- y a la magia, y que se denominaron simplemente "paganos", pero que ahora tratan de incorporar la tecnología. Estos nuevos "paganos" «se rehúsan a dibujar una clara frontera entre lo sagrado y lo profano, y su religión es una franca celebración del fluir total de la experiencia: sexo, muerte, libros de tiras cómicas, compiladores» (7). En su artículo Davis cita a uno de los defensores de este exótico sincretismo, Mark Pesce, quien explica el papel de Dios: «Sin lo sagrado no hay diferenciación en el espacio. Si estamos a punto de entrar en el ciberespacio, lo primero que tenemos que hacer es plantar lo divino en él» (8). Pero lo divino que tienen en mente es un tanto peculiar, pues a lo más se refieren a un tipo de panteísmo un tanto vago que es presentado como la meta de su experiencia. Algunos se refieren a esta divinidad como el "Gran Misterio", entendido como la presencia divina en todas las cosas, incluyendo por cierto la tecnología. Como señala Jon Lebkowsky, este "Misterio" «es una concepción agnóstica que no presupone una verdad absoluta que pueda ser conocida» (9).

Muchos de los que se ubican dentro del tecno-paganismo presentan su experiencia como una propuesta de religión o de espiritualidad tecnologista para un mundo tecnologizado. Curiosamente no pocos de los que se reconocerían dentro de lo que incluye este concepto tratan de legitimar en términos tecnológicos algún tipo de experiencia espiritual, otorgándole a la tecnología un lugar protagónico en su exploración interior. En algunas ocasiones se presenta como un anti-culto -un culto que está contra los cultos tradicionales-. Pero en casi todos los casos se trata de una tosca secularización de la experiencia de fe y de la vida espiritual. La tecnología se convierte, para quienes se insertan en esta corriente, en el medio para lograr una expansión de la conciencia en la búsqueda de nuevas experiencias interiores.

Una de las expresiones de este tecno-paganismo es la que ofrece Douglas Rushkoff en su ensayo Cyberia. Se trata de uno de los submundos o contra-culturas que se han creado apoyados en el desarrollo de la tecnología informática. Bajo ese nombre se reúne un singular y cada vez más amplio grupo de personas que se presentan como herederos de la cultura hippie de los '60. Tienen todas las características de una pseudo-espiritualidad neo-pagana. Creen que racionalidad e intuición, materialismo y misticismo, ciencia y magia, están convergiendo en una nueva realidad gracias al universo que ha abierto la tecnología, en particular el ciberespacio (10). Cultivan una suerte de adoración de la computadora con la ayuda de drogas alucinógenas. «La tecnología de la computadora -sostiene Rushkoff- encaja en la espiritualidad cyberiana de dos modos: como un modo de difundir la magia, y como la magia misma» (11). También aquí se descubre una vinculación con el New Age. Para expresar esta nueva realidad que describe como un «territorio sin límites» ha acuñado la palabra cyberia. Por lo demás, cyberia sería la etapa previa antes de alcanzar la gran utopía de Gaia.

¿Una tecno-evolución?

En este clima de tecno-espiritualidades y tecno-paganismos algunos han llegado incluso a plantear que el desarrollo tecnológico estaría llevando a la humanidad a un nuevo estadio de su evolución. Participaría en la etapa actual del proceso todo lo inanimado, incluido por cierto lo artificial. El nuevo gran factor que estaría empujando el proceso evolutivo sería la tecnología informática. Se trataría pues de una tecno-evolución. Kevin Kelly -quien afirma sin ulterior precisión que su primer contacto con Internet fue una experiencia religiosa- es uno de los que defiende esta absurda pretensión. «La última revolución en la tecnología -sostiene Kelly- será el abrazar el cambio evolutivo» (12). James Bailey, en una línea semejante, opina que las computadoras son «el entorno para un tercer nivel de evolución: la evolución de los bits» (13). Para muchos se trata además de una evolución que tiende hacia lo espiritual y que sería como la etapa final de la historia de la humanidad, apoyándose para ello en el sacerdote paleontólogo jesuita Pierre Teilhard de Chardin.

Jennifer Cobb es una de las que propone esta extravagante idea. Presentándose como una seguidora de Teilhard de Chardin, se suma a lo que propone uno de los gurús de la tecno-espiritualidad, John Perry Barlow: «El punto de toda evolución a esta etapa es el crear un organismo colectivo de mente. Con el ciberespacio estamos esencialmente cableando (interconectando) la noósfera» (14). Como se puede apreciar, el ciberespacio jugaría un papel decisivo en la nueva etapa de la evolución, ya que es sobre todo «una extensión de la creatividad divina» (15). La evolución involucraría en este supuesto estadio la participación de lo artificial. Es más, en cierto sentido lo artificial sería como el nuevo motor. Juega en esto un papel central la tecnología informática. «Las computadoras que hemos creado -señala la Cobb- nos están movilizando hacia adelante en nuestro camino evolutivo. Es nuestra responsabilidad movilizar nuestra comprensión sagrada con nosotros» (16).

Ayuda a comprender estas absurdas opiniones considerar cuál es el concepto de Dios que emerge de esta forma de evolucionismo tecnológico. Se suele afirmar claramente que se trata de una nueva forma de lo divino. Pero, ¿cuál podría ser esa nueva forma? Se trata de un tipo de panteísmo que incluye lo artificial. Con lo cual lo artificial adquiere vida, sobre todo "vida divina". ¿Qué puede significar eso? Es difícil saberlo, ya que sus descripciones son totalmente vagas. Quizás la figura de Gaia exprese algunas de las características que le atribuyen.

Como es fácil de constatar, las fantasías de una tecno-evolución con su nueva forma de divinidad también se han presentado en los investigadores de la vida artificial. Cada vez resulta más frecuente descubrir propuestas que anuncian el arribo de una era post-humana que sería el culmen de la evolución de la humanidad. Earl Cox, uno de los impulsores de estas iniciativas, titulaba un libro que escribió con el paleontólogo Gregory Paul de la siguiente manera: Más allá de la humanidad: revolución cibernética y mente futura. Allí, entre otras cosas, afirma que la tecnología permitirá muy pronto que el ser humano cambie hacia algo distinto y pueda «escapar de la condición humana». Pero advierte: «Éste no es el fin de la humanidad, tan sólo de su existencia física como una forma de vida biológica. El género humano se unirá a nuestros compañeros recién inventados. Trasladaremos el contenido de nuestras mentes a naves creadas por nuestros niños-máquina y con ellos exploraremos el universo... Liberados de nuestra frágil forma biológica, inteligencias humano-artificiales se desplazarán hacia el universo... Un sistema combinado de mentes de ese tipo, representando el triunfo definitivo de la ciencia y la tecnología, trascenderá los tímidos conceptos de deidad y divinidad sostenidos por nuestros teólogos actuales» (17).

Todo este tipo de disparatadas pretensiones de religiosidad o espiritualidad tecnológica muestran hasta qué punto se ha difundido la mentalidad tecnologista en la sociedad actual. Como se ha visto, los argumentos que esgrimen a favor de sus fantasías no tienen ninguna seriedad. Los asumen, además, como una creencia, cerrados a toda crítica. Simplemente se apoyan en el poder de la tecnología y en la idea de que la racionalidad tecnológica es el nuevo paradigma de aproximación a la realidad que permitirá explorar y conquistar nuevos mundos, y así construir la utopía tecnológica que llegaría a través de la tecno-evolución. Así pues, para este tipo de planteamientos, en un universo tecnologizado hay que producir eficazmente un nuevo dios y una nueva religión a la medida del nuevo paradigma.

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Notas

1. James Lovelock difundió sus ideas sobre la fantasía de Gaia en 1974. Propone que la Tierra es un sistema único de vida al que llama homeostático. Cree además que los intentos por mantener el equilibrio de los ecosistemas globales de la Tierra podrían estar causando un estado desfavorable para la vida humana. Los del New Age han asumido estas ideas usándolas como apoyo a sus pretensiones de desarrollar una conciencia planetaria. Esto ha encontrado eco en no pocos escritores. Un caso lamentable es el de Isaac Asimov, quien introdujo la idea de Gaia como parte central del argumento de sus difundidas novelas que continuaron su ciclo de Trantor sobre el imperio galáctico. [Regresar]

2. Mark Dery, ob. cit., p. 65. [Regresar]

3. Vladimir Soloviev (1853-1900) es un destacado escritor ruso que trató de impulsar la reconciliación de la Iglesia Ortodoxa Rusa con la Iglesia Católica. El Breve relato sobre el Anticristo es un apéndice que colocó a su último libro Tres diálogos sobre la guerra, la moral y la religión, publicado en 1899. Para algunos se trata de un intento de refutar el "humanitarismo" de León Tolstoi que desvirtuaba el cristianismo planteando un suerte de cristianismo sin Cristo. [Regresar]

4. Robert Hugh Benson (1871-1914) fue un sacerdote católico inglés, convertido del anglicanismo. Fue un prolífico escritor. [Regresar]

5. Ver, por ejemplo, http://www.technopagan.dhs.org/oldworks.html y http://www.cityculture.com/oct/technopagan1.html. [Regresar]

6. Mark Dery, ob. cit., p. 50. [Regresar]

7. Erik Davis, Technopagans. May the Astral Plane be Reborn in Cyberspace, en revista «Wired», 3.07, julio 1995. [Regresar]

8. Mark Pesce, citado por Erik Davis, ob. cit. [Regresar]

9. Jon Lebkowsky, The Cyborganic Path, en «CMC Magazine», abril 1997, en http://www.december.com/cmc/mag/1997/apr/lebkow.html. [Regresar]

10. Ver Douglas Rushkoff, Cyberia. Life in the Trenches of Hyperspace, HaperCollins, Nueva York 1995, p. 143. [Regresar]

11. Allí mismo, p. 151. [Regresar]

12. Kevin Kelly, ob. cit., p. 353. [Regresar]

13. James Bailey, After Thought. The Computer Challenge to Human Intelligence, HarperCollins, Nueva York 1996, p. 4. [Regresar]

14. John Perry Barlow, citado por Jennifer Cobb, Cybergrace. The Search for God in the Digital World, Crown, Nueva York 1998, p. 85. [Regresar]

15. Jennifer Cobb, ob. cit., p. 71. [Regresar]

16. Allí mismo, pp. 22-23. [Regresar]

17. Earl Cox y Gregory Paul, Beyond Humanity: Cyber Revolution and Future Mind, Cambridge 1996, pp. 6-7. [Regresar]