Dios en la era tecnológica
Germán Doig K.
¿Hay lugar para Dios en esta era tecnológica? Es ésta
una pregunta que no pocos se han hecho al contemplar el asombroso
desarrollo de estos tiempos. Es claro que la tecnología
ofrece muchos beneficios, pero también despierta una serie
de muy graves interrogantes, sobre todo cuando es aplicada al ser
humano. Un campo en el que se aprecia claramente la ambigüedad
de la situación es el de la genética y las investigaciones
sobre el llamado Proyecto Genoma Humano. Son innegables
las cosas buenas que se vislumbran en el ámbito de la salud,
pero no se pueden ignorar las denuncias sobre un uso inadecuado
de la tecnología en esta área. Para muchos parece
que finalmente se están develando los secretos de la creación;
secretos que hasta la fecha eran guardados por Dios. Reaparece
así el antiguo mito de Prometeo y la tentación de
robar el fuego. Habría que preguntarse, sin embargo, si
una vez que ha desarrollado la tecnología de manera portentosa,
la humanidad tendrá también la sabiduría para
darle su lugar correcto.
Junto al desarrollo tecnológico se
ha venido difundiendo una mentalidad que ha puesto a la tecnología
como la norma suprema de todo obrar humano, otorgándole
el lugar protagónico en la vida del hombre. Esta mentalidad
bien puede ser llamada tecnologista, porque todo lo juzga y valora
de acuerdo a la manera como funciona la tecnología. Ha encontrado
el caldo de cultivo ideal en el debilitamiento de una perspectiva ética
y religiosa que se descubre en el mundo actual. Se suma al proceso
de descomposición de las sociedades tradicionalmente cristianas
y se convierte en uno de los factores que generan el clima relativista
y funcional que ha venido ganando terreno en estos tiempos. Se
descubre tanto detrás de la ideología neo-liberal
como de los neo-marxistas, y navega cómodamente en las aguas
del New Age. Se ha expandido mucho en las sociedades desarrolladas
de Occidente y está siendo exportada al resto del planeta
a través del proceso de globalización.
La mentalidad tecnologista es portadora de
un relativismo moral. En cierto sentido se pretende como a-moral.
Las preguntas por la verdad, por el bien e incluso por la belleza
aparecen como irrelevantes. Presenta, además, un rechazo
o una redefinición de la dimensión religiosa de los
seres humanos. Esto no sorprende mucho, puesto que al diluirse
toda referencia al bien último y a una verdad absoluta,
la pregunta por Dios se convierte en inútil o pasa a ser
respondida desde los parámetros de la racionalidad tecnológica.
Por un lado, se prescinde de Dios. Pero el asunto no queda ahí.
Una segunda actitud -que en algunos casos se presenta como una
consecuencia- lleva a sustituir a Dios por una forma de idolatría
-muchas veces inadvertida e inconsciente-. La sustitución
de Dios en el fondo no conduce a otra cosa sino a la antigua tentación
del «seréis como dioses» con que la serpiente
tentó a Adán y Eva en el jardín del Edén.
Y si esta tentación se abre camino, ¿quién
pondrá los límites en campos como la manipulación
genética, teniendo en cuenta además los enormes beneficios
económicos que vislumbran algunas transnacionales?
La prescindencia de Dios
La mentalidad tecnologista conduce a no admitir
ninguna pregunta que pueda tener por respuesta a Dios. Por lo tanto
se prescinde de Él. En su planteamiento Dios sobra, ya
no aporta nada, pues a partir del formidable desarrollo tecnológico
y sus proyecciones optimistas ni siquiera "crear" vida sería
prerrogativa suya. Se convierte entonces en algo "inútil".
En el universo tecnológico todo tendría una explicación
en sí mismo. En consecuencia, las referencias a un Dios
creador o a un Plan divino aparecen como superfluas e innecesarias.
Se elimina también la noción de creación y
se la sustituye por la de naturaleza -habría que ponerla
con N mayúscula, como acostumbraban algunos de los ilustrados-, por
lo demás totalmente autónoma de Dios y de su designio.
Como afirmaba el Papa Juan Pablo II, «a esto parece conducir
una cierta racionalidad técnico-científica, dominante
en la cultura contemporánea, que niega la idea misma de
una verdad de la creación que hay que reconocer o de un
designio de Dios sobre la vida que hay que respetar» (1).
Es conocida la anécdota sobre el diálogo
entre Napoleón y Pedro Simón Laplace (2).
Cuando Napoleón le preguntó cómo entraba Dios
en su sistema, habría recibido una respuesta como ésta: «En
mi sistema la hipótesis Dios es superflua». En otras
palabras, Dios simplemente sobra. Más allá de si
este diálogo fue histórico o no, Laplace consideraba
que el mundo era una máquina que se bastaba a sí misma
y que no necesitaba de Dios porque era perfecta (3).
Hoy en día ya no se considera al mundo como una máquina,
pero la mentalidad subyacente a este tipo de creencias se ha difundido
mucho. El publicitado escritor Carl Sagan, desde una postura semejante
a la de Laplace, retomaba un argumento parecido en unas palabras
introductorias al libro Historia del tiempo del famoso profesor
de Cambridge, Stephen Hawking. Sagan, haciendo gala de sus conocidos
prejuicios, termina dicha introducción con el siguiente
comentario que es toda una proclama de agnosticismo: «También
se trata de un libro acerca de Dios... o quizás acerca de
la ausencia de Dios. La palabra Dios llena estas páginas.
Hawking se embarca en una búsqueda de la respuesta a la
famosa pregunta de Einstein sobre si Dios tuvo alguna posibilidad
de elegir al crear el universo. Hawking intenta, como él
mismo señala, comprender el pensamiento de Dios. Y esto
hace que sea totalmente inesperada la conclusión de su esfuerzo,
al menos hasta ahora: un universo sin un borde espacial, sin principio
ni final en el tiempo, y sin un lugar para un Creador» (4).
Las características principales de
la mentalidad cientificista (5) se
descubren también en la mentalidad tecnologista. El deslumbrante
desarrollo de la tecnología hace creer a no pocos que Dios
ya no tiene cabida en el mundo actual, puesto que caen en la quimera
de que ésta lo puede explicar todo, hasta el punto de que
ya no se necesitaría recurrir a un Creador para comprender
el origen de la vida. Rebrotan con fuerza algunas ideas que ya
se habían presentado antes en la historia, como el reducir
al ser humano a un conjunto de operaciones químicas -como
pretendía La Mettrie- y matemáticas que transmiten
información -algo muy parecido a lo que hace una computadora-,
plasmándose por ejemplo en pretensiones como la de producir
inteligencia artificial, o la más absurda de una supuesta
vida artificial. Dios resulta en todo esto innecesario. Simplemente
no es tomado en cuenta para nada. La noción de un Creador
queda totalmente fuera. Inclusive, como explica Kevin Kelly, se
comprueba en muchos ambientes que Dios se ha convertido en un concepto
técnico -no religioso, por supuesto- que se utiliza nada
más que para expresar cualquier operación que tiene
que ver con el diseño y creación del mundo, nombrando
así a quien ha "creado" ese modelo de mundo o de realidad,
y aludiendo a las condiciones iniciales necesarias para que ese
mundo "funcione" (6).
Llegamos de esta manera a un asunto capital.
La mentalidad tecnologista es esencialmente agnóstica y
secularista. Algunos piensan que se trata de una nueva forma de
ateísmo (7),
aunque más que un ateísmo clásico de tipo
ideológico, sería un ateísmo práctico,
ya que porta una negación de Dios de carácter funcional.
En todo caso se tolera una suerte de deísmo -siempre privado
y arbitrario- de un Dios que, según esta postura, se desentiende
por completo de su creación y que en el fondo ni quiere
ni puede hacer nada por ella. Se está difundiendo en muchos
ambientes influenciados por esta mentalidad la creencia de que
la religión debe acomodarse a la nueva situación,
y simplemente se relega a Dios a una pieza de museo y se le reduce
a un asunto personal y subjetivo. Es una de las dimensiones de
lo que se ha venido llamando agnosticismo funcional (8).
La tecno-idolatría
Pero, como afirmábamos, de la prescindencia
de Dios, en una u otra forma, se pasa a su sustitución -muchas
veces inadvertidamente-. La desviación religiosa tecnologista
parte de la exclusión de Dios, pero no se queda allí.
Dado que el hombre es esencialmente un ser religioso (9),
el vacío que deja el rechazo de Dios reclama ser llenado
con algo "absoluto". Se hace necesario en consecuencia fabricar
un dios a la medida de la mentalidad tecnologista. Esta vez el ídolo
es la tecnología (10),
que se convierte de esta manera en el nuevo dios, al tiempo que
la racionalidad tecnológica sustituye el designio divino.
De tratar de eliminar a Dios se pasa a sustituirlo. Entonces aparece
una nueva forma de idolatría que bien puede ser calificada
como tecno-idolatría.
Diversos pensadores han percibido esta doble
realidad vinculada al fenómeno tecnológico, que de
un lado niega a Dios y de otro pretende sustituirlo. Ernst Jünger,
por ejemplo, considera que la técnica «es la destructora
de toda fe en general y, por tanto, el poder anticristiano más
resuelto que ha surgido hasta ahora» (11).
Pero una vez que ha destruido la fe, la técnica lleva a
reemplazarla. Señala entonces Jünger: «Hay aquí una
sustitución de la religión -y, en concreto, de la
religión cristiana- por el conocimiento, el cual asume el
papel del Redentor» (12).
Arnold Toynbee opina en una línea semejante. Para el historiador
inglés, a partir del siglo XVII se fue gestando una mentalidad
que proclamó «que Dios había sido depuesto».
Se preparó así el terreno para que Dios fuera sustituido. «Se
deificó a la técnica no en virtud de una deliberada
elección del hombre occidental, sino porque la religión,
lo mismo que la naturaleza, aborrece el vacío. La técnica
y el técnico se convirtieron así en la Dea Roma y
el Divus Caesar del mundo occidental de la Edad Moderna
tardía» (13).
Las denuncias del riesgo de que la tecnología
sea convertida en una nueva forma de idolatría, con sus
expresiones "religiosas" correspondientes, son abundantes -tanto
en autores creyentes como en no-creyentes-. Oswald Spengler, por
ejemplo, afirma: «El sucesor de aquellos frailes góticos
es el sabio inventor profano, sacerdote sapiente de la máquina. Con
el racionalismo, finalmente la "creencia en la técnica" se
convierte casi en religión materialista: la técnica
es eterna e imperecedera como Dios Padre; salva a la humanidad
como el Hijo; nos ilumina como el Espíritu Santo. Y su adorador
es el filisteo moderno del progreso, desde La Mettrie hasta Lenín» (14).
Nicolás Berdyaev, por su lado, se lamenta de que en una época
en que el ser humano ha dejado de creer en milagros aún
siga creyendo en el "milagro" de la técnica, y afirma que ésta
es uno de los ídolos de este tiempo: «El bestialismo
moderno y la deshumanización están basados en la
idolatría, el culto a las técnicas, raza o clase
o producción, y sobre la adaptación de instintos
atávicos a este culto» (15).
También está el caso de Aldous
Huxley, conocido agnóstico, quien incluso ha tocado el tema
en algunas de sus novelas de utopía negativa, como
en Un mundo feliz. Huxley considera que mientras disminuye
el riesgo de sucumbir a una forma de «idolatría primitiva» crece
la tentación de una «idolatría superior»,
una de cuyas expresiones es la «idolatría de la tecnología».
Pero los cultores de esta idolatría tecnológica son
en el fondo ingenuos y primitivos, porque «como aquellos
de la idolatría inferior, creen que su liberación
y redención depende de objetos materiales, es decir de máquinas
y mecanismos» (16).
Norbert Wiener, por otra parte, plantea que se está difundiendo
un tipo de ingeniero y organizador de ingeniería que puede
ser calificado como «adorador de artificios» (17).
Ernesto Sábato, desde su peculiar postura que linda con
el agnosticismo, cree que se ha llegado a una «civilización
tecnolátrica» (18).
Alceo Amoroso Lima, aproximándose desde la fe de la Iglesia,
advierte sobre la aparición de un «culto a la Máquina, a
la Producción, a la Técnica, al Instituto, es
decir: el culto a los medios de producir bienes materiales» (19).
Otro ejemplo que se debe mencionar es el de Jacques Ellul, quien
habla de la sacralización de la técnica moderna: «Nada
pertenece ya más al reino de los dioses o de lo sobrenatural.
El individuo que vive en el ámbito técnico sabe muy
bien que no hay nada espiritual en ningún sitio. Pero el
hombre no puede vivir sin lo sagrado. Entonces transfiere su sentido
de lo sagrado a aquello mismo que destruyó su objeto anterior:
la técnica misma» (20).
Más cercano en el tiempo se puede mencionar
a Neil Postman, quien afirma que se ha llegado a una «deificación
de la tecnología, lo que significa que la cultura busca
su autorización en la tecnología, encuentra en ella
su satisfacción y de ella recibe órdenes» (21).
Paul Virilio, en una perspectiva semejante, sostiene: «Todas
las tecnologías convergen hacia un mismo punto, todas conducen
al Deus ex Machina, una máquina-dios. En un sentido,
las tecnologías han negado al Dios trascendente en orden
a inventar la máquina-dios» (22).
Una anécdota recogida por John Naisbitt
en su ensayo Global Paradox puede ilustrar este punto. Comenta
allí que en una ocasión Randall L. Tobias, antiguo
vice-presidente de la inmensa y poderosa compañía
AT&T, contó la siguiente fábula: «Un teólogo
preguntó a la más poderosa supercomputadora: "¿Existe
un Dios?". La computadora respondió que carecía de
la capacidad de procesamiento de datos para saberlo. Pidió entonces
ser conectada a todas las supercomputadoras del mundo. Pero todavía
no era suficiente poder. Así que la computadora fue "colgada" a
todos los mainframes en el mundo, y de ahí a todas
las minicomputadoras, y a todas las computadoras personales (PC). Y
eventualmente fue conectada a todas las computadoras en automóviles,
hornos microondas, VCRs, relojes digitales, y así en
adelante. El teólogo preguntó por última vez: "¿Existe
un Dios?". Y la computadora contestó: "Existe ahora"» (23).
Como se ve, la idea que está en el trasfondo es que finalmente
la tecnología puede llegar a sustituir a Dios.
Algunos creen que lo que se describe en esta
fábula se hace "posible" a partir del desarrollo de Internet. Sherry
Turkle plantea que la gente ve Internet como una metáfora
para hablar de Dios. Pero esa metáfora se convierte para
no pocos en una peligrosa realidad. «Dios creó un
conjunto de condiciones de las cuales emergería la vida
-afirma la Turkle en un reportaje de la revista Time-. Guste
o no, Internet es uno de los más dramáticos
ejemplos de algo que es auto-organizado. Ése es el punto.
Dios es el sistema distribuido y descentralizado» (24).
Mientras que William Gibson, desde sus fantasías ciberespaciales, sostiene: «Parecería
que la Net misma se ha vuelto consciente» (25).
En consecuencia, según el autor de Neuromancer, «puede
considerarse a sí misma como Dios. Y podría ser Dios
en sus propios términos» (26).
Con la nueva divinidad surge asimismo la pretensión
de una nueva religión tecnologista. Lewis Mumford considera
que a partir del siglo XVIII «la mecánica se convirtió en
la nueva religión, y dio al mundo un nuevo mesías:
la máquina» (27).
Paul Virilio denuncia también el posible surgimiento de
una especie de religión tecnológica, con su "sacerdocio" y
su "santidad", a la que llama «tecnoculto» (28).
No es difícil encontrar a quienes han asumido -con sorprendente
entusiasmo- que efectivamente la tecnología es una forma
de religión. D.A. Therrien, por ejemplo, afirma: «Realmente
no hay diferencia entre (creer en) muchos dioses y creer en muchas
ciencias o tecnologías» (29).
Y añade con desparpajo: «Hemos visto a la tecnología,
al menos desde la revolución industrial y quizá incluso
desde Newton, como una segunda religión. Se supone que la
religión te debe unir con un todo más grande y la
tecnología ofrece esa misma visión utópica» (30).
Se trata pues de una suerte de religión
que pareciera incluso tener su "credo", su "moral" y hasta su "liturgia".
Propone como sus tres "virtudes" a la utilidad, a la eficacia y
sobre todo a la productividad. Cuenta con sacerdotes y con templos (31).
Promete el paraíso en la tierra en virtud del progreso tecnológico
y sus sistemas eficaces; es decir, suplanta la escatología
cristiana por la utopía tecnológica. El Reino
de Dios es reemplazado por lo que Francis Bacon llamaba el "regnum
hominis" -el "reino del hombre"-. La tecnología aparece
entonces como el instrumento de una redención laica puesto
que "libera" de todo mal y permite alcanzar la felicidad -aunque
quizá no inmediatamente, pero con certeza lo hará "en
la próxima generación"-. La fe en Dios es sustituida
por la fe en la racionalidad tecnológica. Este nuevo dios
es presentado con la pretensión de que puede "crear" vida
y además ofrecer una nueva "realidad", como en el caso de
la realidad virtual; una "realidad" que es recreable permanentemente
y que, sobre todo, se maneja a capricho. Incluso se ha llegado
a plantear la hipótesis de que «la fe en el progreso
tecnológico podría devenir la única religión
de la humanidad» (32).
Y es que este ídolo se presenta como muy exigente, puesto
que obliga a una sumisión total a su racionalidad -es otra
manera de decir que la racionalidad tecnológica es de suyo
excluyente-. Así, aunque aparezca como promotor de la "libertad",
en realidad se convierte muy fácilmente en un tirano. La
historia muestra que el destino trágico de los idólatras
es convertirse en esclavos de sus ídolos. Entonces podría
ser que ocurra, como afirmaba Erich Fromm, que lo que se esté generando
no sea «el Leviathan de Hobbes, sino un Moloc, el ídolo
que todo lo destruye y al cual debe sacrificarse la vida humana» (33).
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Notas
1. Juan
Pablo II, Evangelium vitae, 22. [Regresar]
2. Pedro Simón
Laplace (1749-1827), francés, fue geómetra, astrónomo
y físico. Es conocido por la invención del sistema
cosmogónico que lleva su nombre. [Regresar]
3. Esta pretensión
encontró también eco en pensadores fuera del campo
propiamente científico. Ya en el siglo XX Bertrand Russel,
conocido por su agnosticismo militante, afirmó: «Antes
de la revolución copernicana era natural suponer que las
intenciones de Dios se dirigían especialmente hacia la Tierra,
pero ahora esto se ha convertido en una hipótesis inviable» (Bertrand
Russel, Religion and Science [1935], Oxford University Press,
1961, p. 216). [Regresar]
4. Carl Sagan, Introducción a
Stephen W. Hawking, Historia del tiempo. Del big bang a los
agujeros negros, Grijalbo Mondadori, Barcelona 1988, p. 15. [Regresar]
5. Ver Juan Pablo II, Fides
et ratio, 88. [Regresar]
6. Ver Kevin Kelly, Out
of Control. The New Biology of Machines, Social Systems, and
the Economic World, Addison-Wesley, 1994, p. 461. [Regresar]
7. Ver Furio Colombo, Confucio
nel computer. Memoria accidentale del futuro, Nuova Eri,
Rizzoli, p. 41. [Regresar]
8. Luis Fernando Figari
propone el concepto de «agnosticismo funcional» para
explicar una situación que viene difundiéndose en
el tiempo actual con relación a Dios. Explica la expresión
de la siguiente manera: «Se trata de una singular modalidad
de la ruptura con Dios. Es la prescindencia y más aún
la banalización de Dios, que lleva a su marginación
fáctica de la vida y de la cultura, y a su sustitución
por los idolillos de siempre (poder, tener y experimentar placer
a cualquier costo), claro que debidamente maquillados para el tiempo
presente. Este agnosticismo funcional impregna sutilmente
la anti-cultura, esto es, pasa desapercibido si no se tiene despierta
la sensibilidad para advertirlo» (Luis Fernando Figari, Reconciliación
y Nueva Evangelización, en Horizontes de Reconciliación, Vida
y Espiritualidad, Lima 1996, p. 168). [Regresar]
9. Ver Catecismo de
la Iglesia Católica, 28. «El deseo de Dios está inscrito
en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado
por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia
sí, y sólo en Dios encontrará el hombre
la verdad y la dicha que no cesa de buscar» (allí mismo,
27). Ver también Gaudium et spes, 19. Queda así de
manifiesto que el ser humano es «capaz» de Dios,
como se dice en el Catecismo, pero también que
necesita de Él. [Regresar]
10. Ver Juan Pablo
II, Sollicitudo rei socialis, 37. [Regresar]
11. Ernst Jünger, El
trabajador. Dominio y figura (1932), Tusquets Editores, Barcelona
1993, p. 152. [Regresar]
12. Allí mismo,
p. 160. [Regresar]
13. Arnold Toynbee, El
historiador y la religión, Emecé, Buenos Aires
1958, p. 230. [Regresar]
14. Oswald Spengler, El
hombre y la técnica, Editorial Ver, Buenos Aires 1963,
p. 82. [Regresar]
15. Nicolás
Berdyaev, The Fate of Man in the Modern World, Ann Arbor,
Michigan 1961, p. 30. [Regresar]
16. Aldous Huxley, L'idolatria, en L'uomo
e Dio, selección de artículos a cargo de Mirco
Scaccabarozzi, Piemme, Asti 1996, p. 128. [Regresar]
17. Norbert Wiener, Dios
y Golem, S.A. Comentario sobre ciertos puntos en que chocan cibernética
y religión (1964), Siglo XXI, México 1967,
p. 62. [Regresar]
18. Ernesto Sábato, Hombres
y engranajes, Alianza Editorial, Madrid 1998, p. 49. [Regresar]
19. Alceo Amoroso Lima
(Tristão de Athayde), Mitos de nuestro tiempo, Difusión,
Buenos Aires 1944, p. 54. [Regresar]
20. Jacques Ellul, The
Technological Society, Vintage Books, Nueva York 1964, p.
143. [Regresar]
21. Neil Postman, Tecnópolis.
La rendición de la cultura a la tecnología, Círculo
de Lectores, Madrid 1994, p. 97. [Regresar]
22. Paul Virilio, Cyberwar,
God and Television, entrevista a cargo de Louise Wilson para «CTHEORY»,
21/10/1994, en http://www.ctheory.com/a-cyberwar_god.html. [Regresar]
23. John Naisbitt, Global
Paradox, Avon Books, Nueva York 1995, p. 98. En realidad
Tobias estaba recogiendo el argumento central del relato de utopía
negativa de Frederic Brown, The Answer (1954). [Regresar]
24. Sherry Turkle,
en Joshua Cooper Ramo, Finding God on the Web, en revista «Time»,
16/12/1996, p. 49. [Regresar]
25. William Gibson,
en Joshua Cooper Ramo, ob. cit., p. 49. [Regresar]
26. Lug. cit. [Regresar]
27. Lewis Mumford, Técnica
y civilización (1934), Alianza Editorial, Madrid 1971,
p. 60. [Regresar]
28. Paul Virilio, The
Art of the Motor (1993), University of Minnesota Press, Minneapolis
1995, p. 120. [Regresar]
29. D.A. Therrien, Man
in the Machine (interview), en «Nomad», n. 4
(spring 1993), pp. 3-4, citado por Mark Dery, Escape Velocity.
Cyberculture at the End of the Century, Grove Press, Nueva
York 1996, p. 169. [Regresar]
30. Lug. cit. [Regresar]
31. Es común
descubrir cómo se usa terminología religiosa para
hablar de la tecnología. Así, por ejemplo, Weizenbaum
habla del MIT como del «templo de la tecnología» (ver
Joseph Weizenbaum, Computer Power and Human Reason. From Judgment
to Calculation, W.H. Freeman and Company, Nueva York 1976,
p. 10). [Regresar]
32. Lino Conti, Possibilità realizzabili
e potenzialità tecnologiche, en AA.VV., L'uomo,
la tecnica e Dio, EDB, Bolonia 1994, p. 69. [Regresar]
33. Erich Fromm, A
revolução da esperança. Por uma tecnologia
humanizada, Círculo do Livro, São Paulo s/f,
p. 43. Moloc era un dios de los amonitas y moabitas, pueblos
vecinos de Israel, al cual le ofrecían sacrificios humanos. [Regresar]
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