Mensaje para la XXXVI
Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales
S.S. Juan Pablo II
Queridos hermanos
y hermanas:
1. La Iglesia
prosigue en todas las épocas la tarea comenzada el día
de Pentecostés, cuando los Apóstoles, con el poder
del Espíritu Santo, salieron a las calles de Jerusalén
a anunciar el Evangelio de Jesucristo en diversas lenguas (cf. Hch
2, 5-11). A lo largo de los siglos sucesivos, esta misión
evangelizadora se extendió a todos los rincones de la tierra,
a medida que el cristianismo arraigaba en muchos lugares y aprendía
a hablar las diferentes lenguas del mundo, obedeciendo siempre
al mandato de Cristo de anunciar el Evangelio a todas las naciones
(cf. Mt 28, 19-20).
Pero la historia
de la evangelización no es sólo una cuestión
de expansión geográfica, ya que la Iglesia también
ha tenido que cruzar muchos umbrales culturales, cada uno de los
cuales requiere nuevas energías e imaginación para
proclamar el único Evangelio de Jesucristo. La era de los
grandes descubrimientos, el Renacimiento y la invención de
la imprenta, la Revolución industrial y el nacimiento del
mundo moderno: estos fueron también momentos críticos,
que exigieron nuevas formas de evangelización. Ahora, con
la revolución de las comunicaciones y la información
en plena transformación, la Iglesia se encuentra indudablemente
ante otro camino decisivo. Por tanto, es conveniente que en esta
Jornada mundial de las comunicaciones de 2002 reflexionemos en el
tema: «Internet: un nuevo foro para la proclamación
del Evangelio».
2. Internet
es ciertamente un nuevo «foro», entendido en el antiguo
sentido romano de lugar público donde se trataba de política
y negocios, se cumplían los deberes religiosos, se desarrollaba
gran parte de la vida social de la ciudad, y se manifestaba lo mejor
y lo peor de la naturaleza humana.Era un lugar de la ciudad muy
concurrido y animado, que no sólo reflejaba la cultura del
ambiente, sino que también creaba una cultura propia. Esto
mismo sucede con el ciberespacio, que es, por decirlo así,
una nueva frontera que se abre al inicio de este nuevo milenio.
Como en las nuevas fronteras de otros tiempos, ésta entraña
también peligros y promesas, con el mismo sentido de aventura
que caracterizó otros grandes períodos de cambio.
Para la Iglesia, el nuevo mundo del ciberespacio es una llamada
a la gran aventura de usar su potencial para proclamar el mensaje
evangélico. Este desafío está en el centro
de lo que significa, al comienzo del milenio, seguir el mandato
del Señor de «remar mar adentro»: «Duc
in altum» (Lc 5, 4).
3. La Iglesia
afronta este nuevo medio con realismo y confianza. Como otros medios
de comunicación, se trata de un medio, no de un fin en sí
mismo. Internet puede ofrecer magníficas oportunidades para
la evangelización si se usa con competencia y con una clara
conciencia de sus fuerzas y sus debilidades. Sobre todo, al proporcionar
información y suscitar interés, hace posible un encuentro
inicial con el mensaje cristiano, especialmente entre los jóvenes,
que se dirigen cada vez más al mundo del ciberespacio como
una ventana abierta al mundo. Por esta razón, es importante
que las comunidades cristianas piensen en medios muy prácticos
de ayudar a los que se ponen en contacto por primera vez a través
de Internet, para pasar del mundo virtual del ciberespacio al mundo
real de la comunidad cristiana.
En una etapa
posterior, Internet también puede facilitar el tipo de seguimiento
que requiere la evangelización. Especialmente en una cultura
que carece de bases firmes, la vida cristiana requiere una instrucción
y una catequesis continuas, y esta es tal vez el área en
que Internet puede brindar una excelente ayuda. Ya existen en la
red innumerables fuentes de información, documentación
y educación sobre la Iglesia, su historia y su tradición,
su doctrina y su compromiso en todos los campos en todas las partes
del mundo. Por tanto, es evidente que aunque Internet no puede suplir
nunca la profunda experiencia de Dios que sólo puede brindar
la vida litúrgica y sacramental de la Iglesia, sí
puede proporcionar un suplemento y un apoyo únicos para
preparar el encuentro con Cristo en la comunidad y sostener a los
nuevos creyentes en el camino de fe que comienza entonces.
4. Sin embargo,
hay ciertas cuestiones necesarias, incluso obvias, que se plantean
al usar Internet para la causa de la evangelización. De hecho,
la esencia de Internet consiste en suministrar un flujo casi continuo
de información, gran parte de la cual pasa en un momento.
En una cultura que se alimenta de lo efímero puede existir
fácilmente el riesgo de considerar que lo que importa son
los datos, más que los valores. Internet ofrece amplios conocimientos,
pero no enseña valores; y cuando se descuidan los valores,
se degrada nuestra misma humanidad, y el hombre con facilidad pierde
de vista su dignidad trascendente. A pesar de su enorme potencial
benéfico, ya resultan evidentes para todos algunos modos
degradantes y perjudiciales de usar Internet, y las autoridades
públicas tienen seguramente la responsabilidad de garantizar
que este maravilloso instrumento contribuya al bien común
y no se convierta en una fuente de daño.
Además,
Internet redefine radicalmente la relación psicológica
de la persona con el tiempo y el espacio. La atención se
concentra en lo que es tangible, útil e inmediatamente asequible;
puede faltar el estímulo a profundizar más el pensamiento
y la reflexión. Pero los seres humanos tienen necesidad vital
de tiempo y serenidad interior para ponderar y examinar la vida
y sus misterios, y para llegar gradualmente a un dominio maduro
de sí mismos y del mundo que los rodea. El entendimiento
y la sabiduría son fruto de una mirada contemplativa sobre
el mundo, y no derivan de una mera acumulación de datos,
por interesantes que sean. Son el resultado de una visión
que penetra el significado más profundo de las cosas en su
relación recíproca y con la totalidad de la realidad.
Además, como foro en el que prácticamente todo se
acepta y casi nada perdura, Internet favorece un medio relativista
de pensar y a veces fomenta la evasión de la responsabilidad
y del compromiso personales.
En este contexto, ¿cómo hemos de cultivar la sabiduría que no
viene precisamente de la información, sino de la visión
profunda, la sabiduría que comprende la diferencia entre
lo correcto y lo incorrecto, y sostiene la escala de valores que
surge de esta diferencia?
5. El hecho
de que a través de Internet la gente multiplique sus contactos
de modos hasta ahora impensables abre maravillosas posibilidades
de difundir el Evangelio. Pero también es verdad que las
relaciones establecidas mediante la electrónica jamás
pueden tomar el lugar de los contactos humanos directos, necesarios
para una auténtica evangelización, pues la evangelización
depende siempre del testimonio personal del que ha sido enviado
a evangelizar (cf. Rm 10, 14-15). ¿Cómo guía
la Iglesia, desde el tipo de contacto que permite Internet, a la
comunicación más profunda que exige el anuncio cristiano?
¿Cómo entablamos el primer contacto y el intercambio
de información que permite Internet?
No cabe duda
de que la revolución electrónica entraña la
promesa de grandes y positivos avances con vistas al desarrollo
mundial; pero existe también la posibilidad de que agrave
efectivamente las desigualdades existentes al ensanchar la brecha
de la información y las comunicaciones. ¿Cómo
podemos asegurar que la revolución de la información
y las comunicaciones, que tiene en Internet su primer motor, promueva
la globalización del desarrollo y de la solidaridad del hombre,
objetivos vinculados íntimamente con la misión evangelizadora
de la Iglesia?
Por último,
en estos tiempos tan agitados, permitidme preguntar: ¿cómo
podemos garantizar que este magnífico instrumento, concebido
primero en el ámbito de operaciones militares, contribuya
ahora a la causa de la paz? ¿Puede fomentar la cultura del
diálogo, de la participación, de la solidaridad y
de la reconciliación, sin la cual la paz no puede florecer?
La Iglesia cree que sí; y para lograr que esto suceda, está
decidida a entrar en este nuevo foro, armada con el Evangelio de
Cristo, el Príncipe de la paz.
6. Internet
produce un número incalculable de imágenes que aparecen
en millones de pantallas de ordenadores en todo el planeta. En esta
galaxia de imágenes y sonidos, ¿aparecerá el
rostro de Cristo y se oirá su voz? Porque sólo cuando
se vea su rostro y se oiga su voz el mundo conocerá la buena
nueva de nuestra redención. Esta es la finalidad de la evangelización.
Y esto es lo que convertirá Internet en un espacio auténticamente
humano, puesto que si no hay lugar para Cristo, tampoco hay lugar
para el hombre. Por tanto, en esta Jornada mundial de las comunicaciones,
quiero exhortar a toda la Iglesia a cruzar intrépidamente
este nuevo umbral, para entrar en lo más profundo de la red,
de modo que ahora, como en el pasado, el gran compromiso del Evangelio
y la cultura muestre al mundo «la gloria de Dios que está
en la faz de Cristo» (2 Co 4, 6). Que el Señor bendiga
a todos lo que trabajan con este propósito.
S.S. Juan Pablo II
Vaticano, 24 de enero de 2002
Fiesta de San Francisco de Sales
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